Acostumbramos a tener por ídolos o
referentes a aquellas personas que además de resultar exitosas y
afamadas en el terreno profesional, son guapas, visten bien y están a la
última moda.
Crisanto
"Tati" Gracía Valdés nació en Mieres el 28 de Marzo de 1947. Como
destacan las crónicas fue un futbolista precoz que tras iniciarse en el
San Pablo pasó a jugar después en El Caudal juvenil en donde coincidiría
con el famoso cantautor español Víctor Manuel. Con apenas 18 años
debutó en aquel Sporting de Gijón de Segunda División que fue el
precursor de la mejor época rojiblanca de la historia.
Tati
Valdés era un hombre robusto, desgarbado, con una notoria y temprana
alopecia, y que no era excesivamente agraciado. Como jugador era de una
extraordinaria potencia (lo que le valdría el apodo, a la usanza
gijonesa, de La Maquinona), sacrificio y pundonor pero no exento de cualidades técnicas. Y en especial una: el pase.
Pero el pase con mayúsculas, el pase de tiralíneas al primer toque que
se realiza de manera rápida y precisa. Gracias a ellos, en aquel fútbol sencillo pero brillante de ataque que practicaba el equipo, sus compañeros quedaban en
posición ventajosa para dar el pase de la muerte o anotar. Ésta es la
única manera en la que se podía jugar en aquellos campos llenos de lodo
de entonces.
Si
pensamos en un jugador con meloso acento argentino, de esbelta figura y
cuidada melena, amén de unas buenas dotes futbolísticas, seguramente
caeremos en la tentación de ver inequívocamente a un ídolo. Eso debió de
pensar el Sporting cuando fichó a Landucci. El mediocampista argentino
comenzaba las temporadas como titular pero cuando las inclemencias
meteorológicas comenzaban y los campos se llenaban de barro, el que
jugaba era Tati Valdés. Y así ocurrió durante varios años: Landucci
comenzaba la temporada y con la llegada de las lluvias era Valdés quien
jugaba. No obstante, Tati repetía siempre una frase al comienzo de la
temporada, reflejo de la confianza en sí mismo y en sus posibilidades:
"Ya llegará el barro".
Muchos
solamente lo conocerán porque en el año 1975 en un partido en El
Molinón frente a la Real Sociedad a Tati no sólo se le cayó una sino
hasta dos veces el peluquín rematando de cabeza. No hubo burlas, ni
risas socarronas, ni miradas maliciosas. Hubo el silencio de respeto y
cariño ante la vergüenza de un Tati que dejaría el partido yéndose al
vestuario completamente abochornado.
En
el siguiente partido que jugó en El Molinón, el estadio se vino abajo
en una ovación tan cerrada al queridísimo Tati como se recuerdan pocas
en el feudo rojiblanco. Landucci fue agradable a nuestra retina pero el
difunto Tati Valdés fue el que llegó a nuestros corazones por ser un hombre sencillo, honesto y desprendido.

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